Rosario, Martes 22 Agosto 2017
Martes, 13 Diciembre 2016

Un presidente ladrándole al espejo

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La oposición sacó de quicio al gobierno de Macri con su proyecto de Ganancias; hubo acusaciones cruzadas y descalificaciones. Pero lo que se discute, en realidad, es poder electoral.

La realidad de la política argentina quedó retratada esta semana en una foto en la Cámara de Diputados. Una veintena de legisladores de 13 partidos distintos sacaron de quicio al gobierno nacional al acordar un proyecto de modificación al impuesto a las Ganancias que Cambiemos considera un mamarracho impracticable. De un lado y del otro, volaron calificativos que van desde soberbio, impostor, destituyente y golpistas. De lo que se discute es de poder electoral. No del fondo de la cuestión.

La administración de Mauricio Macri propuso el llamado a sesiones extraordinarias del Congreso. Como lo indica la Constitución, fue el Poder Ejecutivo el que marcó como uno de los temarios el tratamiento de ese impuesto. Nadie puede alegar su propia torpeza, enseñaron los romanos hace mucho más que dos mil años. ¿Nunca imaginó el PRO que no podría usar esto como puesta en escena esperando que el debate fracasara y no se tratase nada? ¿Tan mal lo calcularon? Que se haya reeditado hoy el "Grupo A" de diputados, nacido en pleno kirchnerismo para oponerse a la entonces presidente, es obra y gracia de los que hoy, como entonces, administran el poder.

Es verdad que sólo una mirada de absolutos inescrupulosos podía hacer pensar que el Frente para la Victoria lograse, sin ponerse colorado, comunicar que estaba en trance republicano y distributivo luego de 12 años de ejercicio del poder de forma autocrática y sectaria. Que el cristinismo defienda el debate y el consenso ahora ha de ser producto de haber bebido una ayahuasca democrática que les purgó tanto desprecio al pensamiento diverso.

Ver a ex ministros de Economía explicar cómo hacer las cosas ahora cuando durante años negaron hasta la chance del debate se inscribe en la página del caradurismo más obsceno. Si hasta el propio jefe de la bancada del FpV Héctor Recalde daba lecciones de impositiva cuando hace escasos 11 meses decía que el debate por el impuesto a las Ganancias era de pocos. Lo mismo, es cierto, que ahora dice Cambiemos. Es que el teorema de Baglini ("el grado de responsabilidad de las propuestas de un partido o dirigente político es directamente proporcional a sus posibilidades de acceder al poder" o "cuanto más lejos se está del poder, más irresponsables son los enunciados políticos") opera sin discusiones.

La tercera fuerza más numerosa, el Frente Renovador, aprovechó la volada bajo el comando de un cacique con un olfato superlativo para sacar siempre provecho propio a cualquier costo. Sergio Massa quiere ser presidente a como dé lugar. Muchas veces antepone ese deseo a la mirada más completa de la política. Es cierto que tejió un trabajo inteligente en el Congreso mostrando a un equipo técnico que modificó leyes con mucha más pericia que el "mejor elenco de los últimos 50 años". Su ambición política la respaldó con trabajo inteligente de sus legisladores. Su enojo con el oficialismo, ya había quedado patentizado cuando su numen económico, Roberto Lavagna, le dijo a este cronista que el macrismo gestionaba la economía como en los 70 y los 90. El presidente no vio semejante semáforo en rojo.

El gobierno, como cualquiera que siga la política argentina, no puede ser ajeno a esto. Enojarse ahora acusándolo de impostor, luego de haberlo bautizado como el jefe responsable de la oposición, es otra acción que no puede achacarle a nadie más que a sí mismo. Hilando fino, Massa bien podría haber desactivado esa foto en el Congreso en donde parecía anunciarse algo más que un acuerdo por una ley. Daba la impresión que nacía un frente político con miras a marcarle la cancha al gobierno en el año electoral que viene. Y si encima se observan algunos rostros impúdicos que sonreían con descaro, el costo para el tigrense deberá ser evaluado en el futuro.

A la par, debe decirse que es inadmisible el desprecio del presidente que, palabras más, palabras menos, consideró que el conjunto de diputados peronistas que le negaron una ley no merecen consideración. Craso error. Por un lado, son los mismos peronistas que cinco minutos antes habían votado con el PRO la ley de emergencia social, componiendo una foto que bien podría haber mostrado a Kicillof con Massot. Y por el otro, porque le gusto o no a Macri, el ex ministro de Economía, Máximo Kirchner y el resto tienen el mandato de las urnas para representar a una porción de la población. Macri se pone así al filo del desprecio al juego de minorías, mayorías y representaciones democráticas.

El presidente crispado con 140 legisladores resultó como un perro ladrándole al espejo. Enojado, dispuesto a la pelea contra el enemigo que acecha pero sin poder distinguir que quien lo encabritaba era su mismo grupo partidario allí reflejado que equivocó de principio a fin la estrategia. No puede invocar el descaro del kirchnerismo (real) o la alquimia permanente de Massa para construir masa electoral (también cierta) porque el que dio el paso para este escenario y el que lo hizo fracasar por ausencia de cintura política fue él mismo.

¿Y el fondo de la cuestión? Poco. Parece ser que en nuestra realidad impacta más discutir el claroscuro de una foto que la negrura de la cuestión central. De lo que se trata el tema es de saber si es justo que un asalariado pague impuestos a las Ganancias y desde cuánto dinero. Cambiemos propuso que un trabajador soltero que recibe poco más de 21 mil pesos debe entregar parte de su sueldo. Un verdadero disparate. Como también lo era hasta hace 11 meses. Pero la propuesta de campaña fue su eliminación y ni siquiera el estado calamitoso de las cosas ("la herencia", en léxico PRO) permite justificar lo que está mal.

A un año de gestión de Macri, en el fondo y en las formas, se actuó con rapidez para quitar retenciones a la minería y al agro, se impuso a los que menos tienen un aumento indiscriminado y, esencialmente descontrolado por la decisión expresa de funcionarios que creen en la vetusta mano invisible del mercado, de precios, tarifas y costos esenciales, se contrajo la producción y el consumo y ¿encima se quiere sostener la injusticia del impuesto a las Ganancias? El proyecto acordado por la oposición adolece de cierta demagogia aritmética y presupuestaria. No es con adjetivos calificativos que se corrige. Se modifica a base de contra argumentos concretos opuestos en la mesa de la negociación.

Aburre seguir escuchando la cantinela de la "frazada corta" que sostiene que los recursos son escasos ante un panorama de demandas infinitas. Quizá, a 12 meses de la asunción presidencial, sería útil que la manta empezara a cubrir un poco más los pies de las mayorías en crisis y no la cabeza y el cuello de los que tiene mucho, mezquinan más y especulan tantísimo.

Luis Novaresio

Periodista en C5N, Radio 10 y Radio Dos. Columnista del diario El Ciudadano de Rosario.

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