Rosario, Lunes 20 Noviembre 2017
Miércoles, 11 Octubre 2017

Mujeres que mueren

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El aborto. Un debate que todavía no está salvado y al que le escapan los políticos.

Con escasos días de referencia, el actual gobierno y la jefa del anterior rechazaron la posibilidad de darle debate legislativo a la cuestión de la despenalización del aborto en la Argentina. "Me molesta mucho la estigmatización contra las mujeres que están a favor del aborto. Cuando se pueda dar la discusión en un marco civilizado y sin estigmatizaciones, el Congreso lo va a tomar. No veo que ahora sea el tiempo", le dijo Cristina Kirchner a uno de sus entrevistadores. "Este gobierno no va a impulsar el tema. No estamos de acuerdo ideológicamente ni tampoco creemos que sea un problema masivo ni que genere consensos", le dijo hace horas a un cronista internacional uno de los líderes más prominentes de Cambiemos.

Si el tema se mantiene en la oscuridad desde las instituciones, es fácil imaginar lo complicado que es asegurar cifras o datos irreprochables. Sin embargo, organizaciones respetables como Fundación Huésped o la Liga por el aborto legal y seguro coinciden en señalar que en nuestro país se practican 500 mil abortos clandestinos al año, 80 mil mujeres deben ser hospitalizadas por las consecuencias de estas prácticas inseguras y 100 mujeres mueren en ese mismo período.

Démosle una estadística más sencilla: en estas pampas, cada día se realizan casi 1400 abortos. Cada día, 220 mujeres terminan internadas por no contarse con los resguardos científicos. Y una mujer cada tres días se muere. ¿Cabe esperar que haya consenso para tratar el tema? ¿Puede un gobierno no impulsar una discusión cuando hay semejante cantidad de ciudadanos (ciudadanas, seamos precisos) afectados? ¿Tiene derecho un presidente o una presidenta a mirar para otro lado?

Desde el regreso de la democracia, se han presentado en todos los años legislativos cientos de proyectos para abordar el tema. Desde los más limitados que sólo intentan aclarar la pésima redacción del código penal argentino de más de un siglo de edad que evita poner pena a quien practique un aborto sobre una mujer, "idiota o demente", hasta los más ambiciosos que despenalizan la práctica por la sola decisión de la mujer hasta la semana 12 de gestación en cualquier hospital público. Las últimas iniciativas de ley han sido suscriptas por diputadas de todos los bloques partidarios con representación en el congreso, lo que demuestra la transversalidad de la propuesta. En todos los casos, en todos, salvo el paso a comisión, se ha fracasado. ¿Por qué?

Porque el tema del aborto se plantea desde la grieta. Y aquí no se habla de la posición K o anti-K, Macri o anti-Macri. Se instala desde el dogma de estar a favor de la vida o estar en contra. Como todo dogma, no estando en el plano de la religión en donde su existencia es condición sine qua non, es un disparate.

La posición de presidentes como Fernández o Macri es muy parecida a la lógica religiosa. Y no, parece que hay que recordarlo, a las de mandatarios de una república laica. Porque, por las dudas, Argentina es una república laica. Con especial respeto y cuidado a la religión católica y a las restantes, pero laica. La ley religiosa no es ley que deban cumplir todos los ciudadanos. Salvo que se pretenda vivir en una teocracia.

Quienes estamos a favor de la despenalización del aborto por decisión de la mujer que gesta, hasta la semana 12 del proceso estamos, por las dudas resaltémoslo, a favor de la vida. Sin dudas. Porque la interrupción del embarazo en esa fase no atenta contra ninguna vida humana. Para entender esto hay que hacer un esfuerzo de raciocinio, no demasiado complicado, pero sí lejano a los conceptos indiscutibles de la religión y del prejuicio presuntamente emocional.

La vida humana es un devenir. El trayecto entre la vida y la muerte no es una sucesión de etapas estancas, revestidas de paredes claras y monolíticas. La vida es un proceso, lento, de cambios permanentes, de sucesiones complementarias y no irreconciliables. El concepto del inicio y el fin de la vida han ido cambiando a medida de que con avances científicos se ha entendido ese devenir. No es así porque lo dice este cronista: "La muerte es el evento que marca el fin de la vida, los criterios médico-legales para su diagnóstico y certificación han ido modificándose a lo largo de la historia. La muerte puede producirse por innumerables causas, pero cuando es por lesiones catastróficas que destruyen la delicada estructura encefálica -tales como traumatismo encefalocraneano- se la conoce como muerte encefálica y significa la muerte, porque en esta estructura se localizan centros vitales sin los cuales es imposible vivir", asegura el Ministerio de salud de la Nación en su página del Incucai, dedicada a trasplantes.

Puede sonar grosero: pero se muere cuando aquello que nos hace distintos del resto de las especies animales ha muerto. No cuando las últimas células del cuerpo humano dejan de existir. Si se muere cuando la actividad encefálica cesa, ¿no cabe pensar que se nace cuando eso que permite la misma actividad encefálica está constituido?

Vuelvo a las citas para sostener una discusión con rigor científico. "La diferencia entre el genoma humano y el genoma del chimpancé es sólo de aproximadamente 1%. Otros científicos precisan que tal diferencia puede alcanzar el 2, pero, en todo caso, no más del 4%. La información genética que se encuentra en ese 1 ó 2% es lo que diferencia el cerebro humano del de otros primates; es decir, el sistema nervioso central, en especial la corteza cerebral. En consecuencia, lo que distingue al ser humano es su corteza cerebral, la cual en el embrión de 12 semanas no está formada, razón por la que dentro de ese lapso el embrión no es un individuo biológico caracterizado, ni una persona, tampoco un ser humano. El embrión no tiene las condiciones que particularizan al ser humano, en virtud de que carece de las estructuras, las conexiones y las funciones nerviosas necesarias para ello y, desde luego, es incapaz de sufrir o de gozar. Biológicamente no puede considerársele un ser humano". Este es el resumen de lo expuesto por la cátedra de investigaciones jurídicas de la Universidad de México, universalmente reproducida en cientos de casas de altos estudios, al alcance de quien quiera leerlo con sólo googlearlo.

¿Cuándo comienza la vida y cuándo se concreta la muerte? La ciencia propone evidencias. ¿Son obligatorias? Claro que no. De hecho, el donar órganos luego de la muerte encefálica queda impedido con la mera oposición de quien objete esta práctica. Quien crea, en el lado opuesto a la existencia, que el óvulo y el espermatozoide son vida puede exigir el respeto. Pero inmediatamente, podemos reclamar que el estado dé ese mismo respeto a los que creemos que sí es posible donar órganos y sí considerar que la vida comienza en la semana 12 de la gestación.

Mientras algunos creen que son los termómetros de las sociedades para saber si se hay consenso o no para dar un debate (Resulta que ahora no sólo hay que tener mayorías para aprobar sino "climas" para debatir), miles de mujeres, esencialmente pobres, sin capacidad de acceder a clínicas que vocean por derecha y cierran por izquierda, mueren sufriendo por no poder decidir. ¿En campaña? Ni una palabra.

Entendámoslo también: la gestación es un proceso femenino que merece la opinión decisoria de las mujeres. Claro que aquí se juega el machismo magistralmente expresado en la frase popular de "si la gestación fuese de los hombres, el aborto habría sido aprobado hace siglos".

La grieta es siempre de los fundamentalistas. Y a los fundamentalistas, no se los entiende. Se los padece. Las posiciones supuestamente sostenidas para defender la vida definida desde la irracionalidad y no desde la ciencia, arrasa con la existencia de miles de mujeres. Sin metáfora. A la espera del debate, las mujeres, siguen muriendo.

Luis Novaresio

Periodista en C5N, Radio 10 y Radio Dos. Columnista del diario El Ciudadano de Rosario.

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