Rosario, Sábado 25 Noviembre 2017
Lunes, 23 Octubre 2017

Desolación

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Imágenes. El caso Maldonado muestra descarnadamente el absoluto fracaso de las instituciones. La sociedad argentina ha naturalizado la irracionalidad.

Tres imágenes pintan la desolación del caso y el fracaso ominoso de las instituciones. La familia de Santiago Maldonado pasó ocho horas custodiando el cuerpo, sentados en el piso a la vera del río Chubut, por temor a que alguien perpetrase un daño contra él. Los perros que localizaron el cadáver son adiestrados y manejados por héroes de enorme capacidad técnica pero bomberos voluntarios, sin ninguna retribución del Estado. La autopsia del cuerpo hallado se pudo realizar porque los empleados estatales de la morgue levantaron, sólo para este caso, el paro de actividades. Si no, como al resto de los mortales, se habría esperado semanas.

Las tres imágenes son patéticas por sí y porque guardan una lógica ilógica que se ha instalado en nuestro país. Hemos naturalizado la irracionalidad. Es perfectamente posible que alguien dañe el cuerpo para evitar saber la verdad. Alberto Nisman, Carlos Menem hijo, Natalia Fraticelli, por apenas enumerar tres casos conocidos y que vienen rápido a la memoria. Irracional. El Estado con déficit multimillonario en bolsos arrojados por las paredes de los conventos, que sostiene un tercio de su población en la pobreza, evita invertir en especialistas profesionales y descansa la búsqueda de un desaparecido en un bombero voluntario. Irracional. Un paro puede aletargar saber la verdad de un crimen y no pasa nada. Irracional.

El cuadro es de un disparate monumental. Sin embargo, parece que esa composición vergonzosa va a ser digerida y asimilada por el cuerpo social hasta la próxima tragedia que, sin dudas, sobrevendrá. Porque entendámoslo bien: el caso Santiago Maldonado tiene dos extremos de injusticia. La ausencia de prevención de semejante muerte y, producida, la ausencia de explicación en la institución respectiva con nombres, detalles y condenas a los culpables.

Sean cuales fueran las causas de la muerte de este joven militante, la Argentina carece de una respuesta legal y razonable para enfrentar una protesta social. Nada hemos aprendido. Nos encanta recurrir a la experiencia de los setenta para explicar que nuestro país tiene una lógica que arrastramos desde los años negros de la dictadura y de ahí la falta de calibre pare saber qué es el orden en la República y qué la represión. Pero a los setenta siguieron los ochenta, los noventa y los dos mil democráticos. ¿Es posible que todavía debatamos entre el límite del derecho a la protesta y el del orden propio de un Estado de derecho? ¿No aprendimos nada con Mariano Ferreyra, Kosteki y Santillán o Fuentealba? Es posible. No aprendimos nada. Porque sin ningún principio ni ideología, todos jugaron al termómetro de la conveniencia política para actuar. Es mentira que la pseudo izquierda permitió la protesta social y la pseudo derecha recurre a los palos. Una y otra posición se basó en el cálculo mezquino de las encuestas antes de las votaciones o de los sondeos y focus group. Cuando se somete todo al supuesto humor social se pierde la más elemental dignidad del pensamiento propio y del respeto por uno mismo.

Luego de la desaparición cometida, y ahora muerte corroborada, sobrevino la impunidad. Flota sobre todos nosotros una nube de pesimismo basada en que ya, tarde, 90 días luego, la resolución que tome la justicia será increíble. La mayoría del colectivo social no se inclinará con respeto ante los fundamentos que este juez pueda esgrimir. Nisman fue asesinado o se suicidó según la furia y el prejuicio de quien opine. Carlos Menem junior era un piloto loquito que se estrelló en San Nicolás o la víctima de la vendetta árabe más oscura. Y así. Maldonado será una muerte sin credibilidad social. Duele hasta escribirlo.

Le va a costar mucho al presidente Macri sostener a su ministra de Defensa. La verborragia desatinada y la sobreactuación pública de Patricia Bullrich vinieron a sumarle puntos al error de no proceder inmediatamente, abroquelarse en la fuerza con la que había pactado una lealtad desmedida. La permanencia en el cargo del multi cuestionado jefe de Gabinete Nocetti que tiene tantos reproches en su haber como ausencia de explicaciones, no encuentra el menor sustento. Es grave que lo haya mantenido. Salvo el ministro de Justicia Germán Garavano que salvó las papas en este caso con lógica y sensibilidad, el equipo de Cambiemos propuesto para hacerse cargo naufragó: la propia Bullrich, el titubeante secretario Claudio Avruj y la indescriptible Elisa Carrió errando una y otra vez en su egocentrismo basado en revelaciones sobrenaturales.

A eso, se le sumó la mayor falencia post tragedia. La justicia. Ya no hay más margen para que el Poder Judicial pueda sortear las críticas que, bien fundadas, reciben los otros poderes del Estado. Es inexplicable que el primer juez siga siendo magistrado de la Nación. Guido Otranto estropeó algo que ahora no tiene arreglo: la posibilidad de que la verdad fuera consagrada por el procedimiento institucional. Evitó, con dolo o culpa, preservar las pruebas y los testimonios. Impuso el lugar de victimarios a los familiares y allegados de la víctima. Careció de autoridad para conseguir lo que sucesor obtuvo en 48 horas. Bien cerca de este reproche se encuentra la fiscal de la causa, Silvina Avila, que se olvidó de su deber con la sociedad, a la que representa, a la hora de activar la causa. Su jefa, Alejandra Gils Carbó, tampoco se puso a la altura de los hechos. Sea porque está muy atareada en explicar la causa penal que se le ha abierto, sea por desidia, la Procuradora General también deberá dar explicaciones.

Como corolario, un combo perfecto oscuro. Nadie pensó que lo que ocurrió podría evitarse. Nadie tampoco que, consumado, sólo se imponía la verdad y la justicia y no la especulación política ante el temor de este domingo electoral. Esta debería ser la discusión de los ciudadanos de buena voluntad que, superada la tristeza al conocer el caso, mucha tristeza, pretenda generar un cambio en serio. Entretenerse con hacer comparaciones por otras desapariciones en otros gobiernos, criticar a una familia que reacciona como reacciona por el llamado de un presidente, contabilizar adhesiones para transformarlas en votos, es tan oscuro y mezquino como el más desolador escenario posible de un futuro igual, repetitivo y expulsivo.

Luis Novaresio

Periodista en C5N, Radio 10 y Radio Dos. Columnista del diario El Ciudadano de Rosario.

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