Rosario, Martes 13 Noviembre 2018
Lunes, 26 Febrero 2018

El obispo que llamó al diputado

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Despenalización del aborto. El presidente habilitará la discusión en el Parlamento. La ley que se sancione en el Congreso (o no) no puede tener el menor atisbo de concepción religiosa.

El joven diputado que acaba de asumir hace algo más de dos meses, proveniente de una provincia mediana, no pudo creer el llamado que recibió el viernes por la tarde. "Monseñor está interesado en saber si usted tiene decidido ya su voto". El legislador, sorprendido por la pregunta apenas atinó a decir que estaba estudiando el tema y que, de tener una respuesta concreta, le devolvería el llamado al arzobispo de su provincia. El debate y, sobre todo, la cruzada en contra de que se dé tratamiento a una ley que despenalice el aborto, ha comenzado.

De manera sorpresiva, el presidente Macri hizo saber públicamente que habilitará la discusión en el Parlamento. Primer detalle que muestra el retraso a la hora de concebir la división de poderes: el Poder Ejecutivo, salvo en extraordinarias, no habilita ni deja de habilitar el tratamiento de leyes. Los diputados y senadores deben discutir lo que decidan, conseguir mayorías y no esperar la venia de nadie, si es que se reclaman dueños de una porción del poder republicano. A lo sumo, el presidente puede vetar las leyes una vez sancionadas. El actual primer mandatario se manifestó siempre en contra de cualquier proyecto que abordase el aborto. Lo hizo como jefe de Gobierno de la Ciudad, en la misma campaña electoral del 2015 y refrendó su posición en el congreso eucarístico nacional en Tucumán hace dos años: "Estoy a favor de la vida desde la concepción", dijo entonces.

¿Qué cambió entonces para que hace 48 horas el tema haya tenido luz verde de debate? Por un lado, claro, las encuestas. No hay registro preciso de que la mayoría de los argentinos esté a favor de despenalizar el aborto. Lo que sí hay es un mensurado retroceso en la iniciativa política del gobierno y una caída en la valoración de la gestión por razones económicas y de transparencia institucional. ¿El aborto puede ser un tema que concentre la atención y la baje de los problemas del día a día? Aseguran que el team Durán Barba está convencido de ello. Las huestes del ecuatoriano creen que las mayorías son "unitemáticas" (sic) y que semejante polémica pública puede aflojar la presión por el precio de los comestibles y la ausencia de explicaciones (de renuncias, ni hablar) de los cuestionados por conflicto de intereses.

Por otro lado, el envión que tienen las cuestiones de género en el mundo y por estas pampas, ameritan tomar nota por parte de quienes gobiernan. Las discusiones de género, el feminismo particularmente, son el aporte de ideas más interesante de estas horas en medio de una chatura de pensamiento general que impacta. Por eso también se percibe un denuesto, una minimización o caricaturización de las ideas feministas con adjetivaciones delirantes como "feminazi" o "lesbianismo culposo". Esos conceptos son irrevocablemente degradantes: para el que los profiere. Las mujeres interpelan con sus ideas. Eso, molesta.

El mayor obstáculo para poder discutir el tema es que la cuestión se haga fundamentalista. Ahí, muy cerca, está pretender dar un debate religioso o de valores morales absolutos. El llamado del obispo a un diputado, que el presidente use un congreso religioso para hablar de un tema de la ley civil, son dos buenos ejemplos del tema.

Argentina es una República laica. Punto. Sostiene el culto católico pero no es religión de Estado, ni mucho menos, tributaria de la obligación de hacer de la ley de fe una ley para todos los ciudadanos. La libertad de cultos incluye, por obvia razón implícita, el respeto por los que no creen, y el uso de las presuntas mayorías religiosas transgrede el principio elemental de que la democracia es el gobierno de las mayorías, pero con irrevocable respeto por las minorías.

La ley que se sancione (o no) en el Congreso no puede tener el menor atisbo de concepción religiosa. Las normas de fe, se acatan sin discusión bajo pena de excomunión. Quien acepte esas reglas, en libertad, tiene todo el derecho de cumplirlas. Pero no imponérselas al resto. Si mañana el Congreso habilita el aborto legal, seguro y gratuito, ninguna católica o evangélica estará obligada a practicárselo. Como el divorcio no obligó a la separación, ni la donación de órganos a donar sin poder oponerse. El arzobispo que llamó al diputado de su provincia debería bucear en su comunidad y preguntarse qué cosa no está haciendo él como pastor para temer que, ante una ley, sus fieles lo desobedezcan, lo consideren fuera de tiempo y hagan algo distinto a la ley que él predica. Sobre todo, viniendo de estructuras que a todo se oponen: a la prevención sexual enseñada en las escuelas, a los métodos anticoncepcionales, a la difusión de información sobre formas de emergencia de prevenir embarazos y varios etcéteras más. Nadie pretende que una institución que perdonó a Galileo Galilei con el Papa Juan Pablo II entienda la indudable velocidad de los tiempos. Nadie, tampoco, puede pretender que esa enseñanza sea obligatoria para toda una sociedad civil.

Una ley que trate la despenalización del aborto, como la mayoría de las leyes que abordan cuestiones de convicciones morales y, por ende, íntimas y personales, no puede imponer criterios absolutos. Eso se llama teocracia, si se basa en principios religiosos, o autocracia, si es mero capricho individual de quien gobierna. Lo que debe conseguirse es el respeto de los derechos de todos. Nadie puede ser obligado a creer que la vida no comienza desde la concepción. Nadie. Eso, hoy, ya está garantizado. Pero nadie tampoco puede impedir que los que creemos que la vida comienza y termina con la creación y el fin del sistema nervioso central, aquello que nos distingue de otras especies humanas y nos hace viables, tengamos derecho (en este caso las mujeres, claro) a ser cuidados por la ley y la salud pública como los primeros.

Hay que estar atentos para que el proceso de debate que comienza ahora permita escuchar a todas las voces. Sin preponderancias autoinvocadas. Salvo la voz de las mujeres, el resto queda a la cola sin puerta de embarque preferencial. Desde la sociedad, no hay palabras que deban pesar más a priori. Un religioso que llama a un diputado incurre en grave intromisión de poder. Hace fundamentalismo en un debate que debe ser de ideas y no de dogmas.

Habrá que sortear, por fin, un clima tan naturalizado como injusto que se basa en el machismo que vive y colea. Si el proceso de gestación hubiese sido previsto por la naturaleza para los hombres, el tema de la interrupción del proceso de generación de vida humana ya habría estado resuelto hace siglos. Hablando de varones, hay una anacrónica facilidad para invocar la libertad individual y el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Sucede que aquí se trata de las mujeres, de un tema relacionado con el sexo y el placer, y esos son dos temas que generan urticaria y un abusivo ejercicio del poder sobre las más débiles.

Luis Novaresio

Periodista en C5N, Radio 10 y Radio Dos. Columnista del diario El Ciudadano de Rosario.

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